Las tendencias siempre reflejan el clima social. La moda tiene esa característica que la hace tan especial: aunque muchos la tilden de frívola, pocas cosas logran expresar el caos a través de lo estético. Con la vestimenta no solo comunicamos quiénes somos, sino que también contamos una historia: la nuestra y la del mundo en el que vivimos.

La nostalgia, esa emoción que idealiza un pasado que quisiéramos revivir, se hace cada vez más evidente en la industria de la moda. Hace un tiempo, podíamos decir que las tendencias funcionaban en ciclos de 20 años. Hoy, ese ciclo se acelera al punto de reciclar estéticas que apenas pasaron hace una década. Tal vez eso también sea síntoma del caos: crisis económicas, políticas, climáticas, sociales. Un mundo en el que hay guerras, líderes que se comportan como influencers y un individualismo que paraliza a quienes todavía sienten algo.

En este escenario, la vuelta de ciertas modas tiene sentido. Volvemos a lo que conocemos, aunque sea reciente. Retornamos a épocas en las que —al menos en nuestra memoria— éramos más libres, menos exigidos, cuando el algoritmo todavía no ordenaba nuestra vida. A esos años que nos parecen más felices, aunque quizás no lo hayan sido tanto.
El regreso del indie sleaze
Una de esas estéticas que resurgió con fuerza es el indie sleaze, la que reinó a principios de los 2010s. Una moda desprolija, caótica, con guiños a la rebeldía adolescente y a la cultura de la fiesta como forma de escape.
El indie sleaze no buscaba verse pulido: gritaba disconformidad. Era una forma de vivir marcada por el hedonismo. Todos parecíamos sufrir, pero intentábamos suavizar ese malestar con frases en Helvética reposteadas en Tumblr, el vaso de Starbucks como accesorio y la música como salvavidas.

Hoy, en 2025, esa necesidad de romper con lo perfecto vuelve. En las redes se empieza a ver una reacción contra el minimalismo, el old money, las vidas armadas. ¿Es una expresión genuina o una nueva pose? ¿Una estética más o un grito de verdad? Esa es la pregunta que alguna vez se hizo Hedi Slimane, y que resuena con cada ciclo de revival.
Cuando la música se vestía como vos
Los acordes de Arctic Monkeys y las melodías pegajosas de MGMT marcaron el pulso de esos años. Cuando AM salió a la luz en 2013, todo se volvió más oscuro y sensual. Fue el auge del indie. Todo era indie. Todos queríamos serlo.


En las fiestas, la música sonaba al máximo, las cámaras digitales registraban cada flash, y las latas de cerveza se volcaban sobre mesas pegajosas. La moda acompañaba ese espíritu: jeans slim fit, Dr. Martens todo terreno, medias de red rotas, remeras con logos de bandas como The Strokes, Joy Division o Sonic Youth. La ropa era una forma de pertenecer, de sentir que estábamos en el lugar y el momento correcto.

¿Por qué nos gusta tanto mirar atrás?
Tal vez, la vuelta a ciertas modas sea un intento de recuperar la memoria. O de seleccionar qué recordar. ¿Realmente éramos más felices? Puede ser. Pero sobre todo, nos sentimos más libres. Había algo menos calculado, más impulsivo. Menos filtros, más emociones.

It Girls: el lado cool del caos
Las It Girls eran esas chicas que, con su magnetismo y autenticidad, marcaban el pulso de la moda, el cine y la música. No seguían tendencias: las creaban. Eran multifacéticas, excéntricas, desalineadas. Alexa Chung fue su estandarte. Pero también lo fueron las hermanas Olsen, Chloë Sevigny, Sienna Miller. Y en Argentina, Calu Rivero.

Mientras el indie sleaze representaba una rebeldía cruda, las It Girls eran rebeldes suaves. Pero compartían algo esencial: “vivir rápido, vestirse bien, sentir mucho”.
Hoy, junto al regreso del indie sleaze, ellas también vuelven. Y celebramos ese regreso porque nos cansamos de la perfección impostada. Volvemos a buscar referentes con estilo, sí, pero también con algo de verdad. Porque aunque sigamos en Instagram, deseamos una autenticidad que no pueda comprarse con un canje.
¿Estética de escape o manifiesto generacional?
Volvemos a esta tendencia porque nos recuerda una época donde sentíamos más y pensábamos menos. Porque en tiempos de crisis, el caos también se vuelve moda. Y lo vulnerable se convierte en estética.

Quizás no se trate solo de mirar atrás con nostalgia, sino de encontrar en ese pasado una forma de resistencia. En una era dominada por la hiperproductividad, la eficiencia y las narrativas de éxito, recuperar estilos que celebraban el desorden, la emoción y la sensibilidad es también una forma de decir “no todo está bien”. Volver a vestirse como antes, escuchar la misma música, reivindicar a figuras que no eran perfectas pero sí genuinas, puede ser una manera de hacer catarsis, de encontrar refugio, o simplemente de sobrevivir.

No es una vuelta vacía ni meramente estética: es un síntoma. Y como todo síntoma, nos dice algo del cuerpo social. Nos devuelve a un presente que muchas veces no sabemos cómo habitar, pero que al menos podemos vestir con las prendas del pasado.
