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MÚSICA Y FESTIVALES

Cuando se apagan las luces: la vida después del recital

Por Florencia González.-

Después de un recital llega un silencio extraño, un vacío que no es tristeza sino la resaca emocional de haber sido parte de algo enorme. ¿Qué hacemos cuando se termina la música y volvemos a una vida que parece demasiado chiquita? Una mirada sobre el ritual colectivo, la identidad que se arma en el pogo y la forma en que la moda sostiene lo que el cuerpo todavía no puede soltar.

Cuando vivís un momento de tanta adrenalina como ir a un recital, al volver todo se siente raro. Muchas veces esperamos tanto a que llegue ese día que después todo es confuso: hay una mezcla de silencio, vacío y calma que asusta. El cuerpo queda vibrando, pero la cabeza se apaga. Los niveles de emoción, felicidad y alegría que experimentamos en un show son tan intensos que después pareciera que la vida cotidiana no puede satisfacer esa experiencia que acabás de vivir. Un show se convierte en un ritual colectivo y, al llegar a casa, la música se apaga, las risas se callan y el silencio es demoledor. Pero no lo confundamos con tristeza: acabamos de vivir algo tan increíblemente maravilloso que nos recordó lo que es estar vivos, y eso se agradece.

Cuando los Stone Roses anunciaron su gira en el año 2017, confirmaron varios shows (entre ellos, Londres y Glasgow). Al finalizar esa gira —que se sintió a despedida y ahora, luego de que Mani Mounfield dejara este plano, podemos confirmarlo— la banda compartió: “Don’t be sad it’s over, be happy it happened” (“no estés triste porque se terminó, sé feliz porque sucedió”). Por eso, esta depresión post-recital no es tristeza en un sentido clásico, sino un vacío: la sensación de volver de un lugar en el que, por un rato, fuimos parte de algo grande, tan colectivo, tan luminoso, que cualquier otra cosa parece mínima.

La vuelta a casa no tiene canción: tiene recuerdos. Tiene un silencio que está procesando todo lo vivido. Y ahí es cuando surge la pregunta: ¿Qué hacemos cuando la música se termina?

El recital como experiencia espiritual

Ir a un recital no es solamente escuchar canciones: es un ritual. Es un momento de conexión absoluta. Con vos mismo, con quienes comparten el sentimiento y con la banda que está arriba del escenario: es también una experiencia colectiva. Y esto, como todo ritual, tiene un significado simbólico y cultural. Nos conecta, nos alivia, nos purifica. Miles de personas cantando lo mismo, sintiendo lo mismo, llorando lo mismo.

Así, el recital se convierte en un lenguaje emocional. Y cuando se termina, se corta el lazo, la conexión, la cercanía, la pertenencia. Se corta ese hilo que nos mantuvo unidos durante horas en un lugar que no se parece en nada a la vida cotidiana.

La identidad colectiva que se arma en el pogo

En el día a día, muchas veces nos sentimos solos. La rutina nos lleva a ser robots en piloto automático. Vamos y venimos. Cumplimos obligaciones. Nos cansamos, nos agotamos, nos estresamos. En un recital, ese agotamiento y ese cansancio se transforman. Durante la euforia se libera dopamina y serotonina que nos hacen sentir enérgicos y llenos de vida.

El pogo es clave para llegar a ese nivel de euforia: es un acto colectivo, una sincronización espontánea con desconocidos. Son cuerpos que se empujan y saltan. Y que también se cuidan, se abrazan. La transpiración y las lágrimas de emoción se funden: es una catarsis colaborativa. Lo que me recuerda esa frase tantas veces repetida: “la felicidad solo es real cuando es compartida”.

No soy “yo”, somos “nosotros”. Es un espacio donde podemos liberar todas las tensiones y toda esa carga de la vida diaria: gritar con todas tus fuerzas, saltar lo más alto posible y abrazar al otro hasta ser uno solo.

Sin embargo, no podemos evitar que eso se acabe: tomarnos un colectivo, volver al barrio, ser una persona más en la ciudad. Es eso lo que duele. El regreso es abrupto. El cuerpo está prendido fuego pero la casa está fría. Ese contraste produce el verdadero bajón: el del pico emocional al silencio demoledor.

La moda del recital como forma de sostener la emoción

Volviste a tu casa, pero una parte tuya se quedó ahí. Los días posteriores queremos seguir sintiéndonos en ese estadio, con esa música que te golpea el pecho y esos instantes en los que aparece una brisa que te empuja para seguir saltando.

Para sostener la emoción es necesario recordar nuestra identidad. No es casual que en los días siguientes las remeras de la banda que fuiste a ver, el merch y los souvenirs se conviertan en tu compañía.

Tus looks se convierten en un uniforme, porque la moda no es solo ropa: es identidad. Llevarla en nosotros es seguir manifestando ese ritual. Es recordarlo y abrazarlo. Es protección: es estirar la experiencia y recordarle al cuerpo que lo que sintió es real.

La moda es testigo del recital y refugio del después.

¿Qué queda después del silencio?

Con el pasar de los días, esa tristeza toma otra forma. Se convierte en parte de la experiencia, en parte de lo vivido.

Nuestro cuerpo queda transformado (quizás con algunas marcas del pogo o la garganta explotada), pero con el corazón expandido. También queda una comunidad: esa gente que comparte el mismo sentimiento que vos, que te entiende y acompaña, y también esos desconocidos que van a formar parte de tu memoria para siempre.

Quedan los videos, las fotos movidas, las listas de Spotify que te recuerdan lo que sentiste en cada canción.

Pero, sobre todo, queda la certeza de que algo nos marcó y que, si duele volver, es porque estuvimos vivos mientras duró.

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