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MÚSICA Y FESTIVALES VIAJES

Viajes musicales: una forma contemporánea de habitar la música

Por Florencia González.-

Cada vez más personas viajan siguiendo bandas, escenas y canciones que marcaron su vida. Un recorrido por una tendencia cultural que combina pasión, memoria, comunidad e identidad, a través de historias personales que muestran cómo una canción puede transformar la forma de viajar y de vivir.

Viajar por la música es un fenómeno cultural que crece de manera silenciosa pero sostenida. Cientos de personas usan las canciones que marcaron su vida como una brújula emocional que guía sus pasos. No es una decisión racional: es una búsqueda que se toma con el cuerpo, impulsada por un deseo profundo de conexión interior. Hay quienes cruzan océanos o recorren rutas para sumergirse en la cultura musical y no importa el destino: Londres, Manchester, Liverpool, Madrid, Dublín, Berlín, Nueva York, Buenos Aires… lo que importa es llegar al lugar donde nació una canción. 

Estas travesías se alejan del turismo tradicional. No siguen rutas mainstream ni experiencias armadas: se construyen a partir de letras, discos, escenas y recuerdos. Disquerías emblemáticas, pubs y venues históricos, estudios de grabación y barrios donde nació un género forman parte de un mapa afectivo que conecta música, identidad y comunidad.

En un contexto en el que las experiencias culturales se volvieron un motor clave del turismo global, este tipo de recorridos crece como una tendencia: más que una experiencia turística, es una búsqueda personal que ha cambiado por completo la configuración de los viajes tradicionales, destacando la necesidad de las nuevas generaciones de vivenciar momentos reales y personales.

Abbey Road es cruzada por miles de personas cada día buscando obtener su recuerdo de una de las portadas más icónicas de la historia de la música. En The Cavern, todas las noches deambula gente que corea canciones de The Beatles. La estatua de Amy Winehouse y su mural en Camden Town es parada obligada. El memorial de John Lennon en Central Park es admirado y respetado por cada alma que pasa a su lado. La casa de Luca Prodan en Buenos Aires es un santuario para quienes buscan leer la historia del rock argentino en sus paredes, del mismo modo que el Cementerio de Chacarita donde se visitan las tumbas de Cerati o Pappo. Como estos, hay miles de lugares en los que se puede encontrar la sensibilidad que regala la música.

Para entender por qué este fenómeno nos interpela tanto, hablamos con distintas personas que hicieron de la música un pasaporte emocional sellado por una nota musical. Porque detrás de esas rutas hay historias y cada una revela un modo único de habitar la música. 

Camila Pérez (25), Joel Acef (33), María Amato (27),Hernán Agnoletti (36), Vicky Jackson (37) y Nahuel Nieto (34) son viajeros musicales. Sus itinerarios los han llevado a distintas partes del mundo, guiados por un soundtrack que definió su estilo de vida. Sus decisiones hablan de pasión, comunidad e identidad. Cada uno tiene su propia historia pero algo las une: viajes que cambiaron su manera de leer el mundo. Sus destinos no pasan sólo por una playa perfecta o una ruta gastronómica sino que pasan por escenas musicales y por el deseo de escuchar una canción en el lugar que nació. 

Cuando una banda te cambia la ruta

Camila empezó con un viaje improvisado a Rosario para ver a Noel Gallagher en 2018 —sin entradas, con apenas $500 para nafta y confiando en que algo iba a suceder— y terminó este año en Manchester, cantando “Cigarettes & Alcohol” abrazada a desconocidos en Heaton Park. “Hice un verdadero tour Gallagher”, cuenta. Ese viaje no sólo la llevó a la cuna del britpop: la llevó a un nuevo país. Luego de ese show, se instaló en Alemania: “Siento que si no hubiera conseguido esa entrada para Oasis no estaría acá”.

Hernán también tiene una brújula que apunta siempre a una canción. Su primer viaje motivado 100% por la música fue en 2019 y desde entonces recorrió disquerías, locaciones icónicas y escenarios históricos. Este año eligió ver a Oasis en dos ciudades que hablan directamente con el ADN de la banda: Londres y Dublín. “Había algo con Wembley que me cautivó. Dublín también tiene algo especial… sabía que iban a ser shows muy especiales para ellos y no me equivoqué”.

Joel, por su parte, es el viajero que arma comunidad donde pisa. Su mapa afectivo está hecho de shows y de amistades que nacen en el pogo.  En sus viajes no sólo va a ver a una banda, sino que arma una familia musical itinerante. Su primer recorrido de este estilo fue a Buenos Aires a ver a Foo Fighters. Desde ahí no paró de viajar: The Stone Roses en Wembley, Liam Gallagher en Italia, Primal Scream en Barcelona, Red Hot Chili Peppers en Tokio y este año Oasis en Manchester. “Lo que más me empuja es vivir esas experiencias en los lugares donde crecieron estos fenómenos”, explica.

María viaja distinto: no siempre mueve sus rutas por la música, pero la música siempre la acompaña. En 2019 pisó Inglaterra por primera vez siguiendo su amor por la escena británica y recorrió Manchester, Liverpool y Bristol. Este año volvió para ver a Oasis en su ciudad natal. Vivió en México, lo que fortaleció su vínculo con la electrónica, y ese sonido la llevó a Berlín. Ella viaja siempre escoltada: sus auriculares con una canción de fondo no pueden faltar. 

Vicky es música, viajera y rockera desde siempre. Cordobesa viviendo en Madrid, es guiada por los acordes desde chica. Su primer viaje fue a Buenos Aires, influenciado por el rock nacional y la subcultura rolinga. “Me la pasé yendo de arriba abajo por la capital y Gran Buenos Aires con amigos, pasando por recitales en La Reina y bailando rocanrol en el mítico Mvseo Rock. Un viaje de total descubrimiento a nivel musical y humano”, cuenta. Con los años, emigró a Madrid para hacer música y conocer la escena.

Nahuel es un viajero innato. Horas en la ruta que lo dirigen a la experiencia en vivo, fundamental para él. Destaca a los shows como vivencias colectivas, donde se coincide con gente “que está en la misma que uno”. Sus viajes musicales preferidos son los festivales, porque además de ver a las bandas que le gustan, descubre nuevos artistas: “Qué mejor manera de hacerlo de este modo tan especial, en vez de hacerlo por la grilla de una radio o por el algoritmo de las plataformas musicales”, sostiene.

Los lugares donde se respira música

Cada viaje musical tiene puntos geográficos infaltables para cada fanático que se convierten en parte de su historia personal. 

Camila armó un recorrido casi iniciático por Manchester. Caminó por la calle donde crecieron los Gallagher, entró al patio de la casa de Bonehead y pasó por Sifters Records. En Londres buscó lugares míticos como Abbey Road o la portada de Ziggy Stardust, y en Liverpool se dejó atravesar por Strawberry Field al ritmo de Strawberry Fields Forever: “Tuve que volver un día más antes de irme. Sin los Beatles no existiría la música”, dice.

Hernán, fan de Oasis por excelencia, viajó directamente a las raíces del britpop. Recorrió Burnage —el barrio donde crecieron los Gallagher— y visitó Sifters Records.  “Simplemente no pude contener las lágrimas de la emoción cuando caí en donde estaba”, comenta. Además, caminó por Berwick Street en Londres para recrear la portada de (What’s the Story) Morning Glory?. Su pasión musical también lo llevó a Liverpool, a Glasgow – para conocer King Tut’s Wah Wah Hut –  y a hacer un recorrido por la calle donde se grabó el videoclip de Bitter Sweet Symphony de The Verve.

Joel traza sus viajes siguiendo escenarios de shows memorables. Para él, la magia está en sentirse parte del lugar donde la música sucede. Destaca Wembley y el estadio de River como templos del vivo, pero también suma experiencias más íntimas y lejanas: “Fue épico conocer Razzmatazz en Barcelona por la cercanía con la banda, y el Tokyo Dome me impresionó muchísimo”.

Cuando hace sus viajes musicales, Vicky se interesa en materializar sus sensaciones: visitó el departamento de Jimi Hendrix en Londres y la sala de ensayo de Hellacopters en Estocolmo, recorriendo cada rincón e imaginando cómo habrían nacido canciones que marcaron su vida. Para ella, estos lugares son espacios donde la historia se vuelve tangible. 

En sus viajes, Nahuel no se limita únicamente al recital. Busca que la experiencia sea artística en un sentido amplio: visita museos, centros culturales y espacios de arte contemporáneo para completar el recorrido. El viaje musical, en su caso, no termina cuando se apagan las luces del escenario, sino que se expande en la ciudad, en sus recintos culturales y en la forma en que el arte atraviesa cada destino.

El después: cómo un viaje musical te cambia la vida

“Ver a Oasis fue un sueño”, cuenta Joel. En Manchester, no sólo disfrutó del recital sino que creó una comunidad de gente en su misma sintonía. “En un momento en Manchester estaba haciendo la previa y fui a comprar unas birras. Cuando volví había gente que no se conocía – y que yo había juntado –  hablando y riendo, fue hermoso”. Ese fin de semana, dice, le llenó el alma. Volvió con amigos nuevos y la certeza de que la música también construye familias.

Para María, viajar es una forma de encontrarse a sí misma y, con la música, esa búsqueda se potencia. En cada recorrido, sus auriculares son un refugio y una brújula emocional: las canciones que escucha ponen en palabras lo que siente, incluso cuando está lejos de casa. La música la acompaña, le da anclaje y la transforma.

De ver a Oasis en Manchester a instalarse en Alemania, la vida de Camila cambió por un viaje musical. “La música tiene formas de guiarnos, darnos el pie para poder concretar cosas o dejar de sentir miedo”. En su proceso de mudanza no dejó de escuchar “Delicious Things” de Wolf Alice: “Habla sobre la primera vez de la banda en Estados Unidos y cómo te sentís muy arriba, feliz y viviendo cosas rarísimas e increíbles pero a la vez con una soledad inmensa”. 

Hernán cree que viajar potencia su forma de vivir la música. “Creo que es una experiencia única que alimenta la pasión. Siempre es lindo viajar, y si es motivado por la música, ¡mucho más! Y no es necesario irse muy lejos para vivir esa experiencia. He viajado también a Uruguay a ver a Noel, o al interior del país en varias oportunidades”, asegura. Cuando hace sus recorridos musicales vuelve con piezas que se convierten en parte de su identidad: compra discos, libros y ropa. Además de una colección increíble de discos en formato físico, atesora joyas como el setlist del show de 2019 de Noel Gallagher en London Palladium, el libro de edición limitada «Supersonic: The Oasis Photographs» de Michael Spencer Jones y consiguió muchas prendas coleccionables de la línea de Adidas x Oasis

En el caso de Vicky, viajar por música dejó de ser un plan para convertirse en una forma de vida. Sus recorridos la llevaron a migrar y a construir identidad en movimiento, siempre con la guitarra como compañía. “Siempre la música me ha guiado en los viajes, y así he conectado con muchos lugares y personas”, cuenta. Madrid, Londres y Nueva York aparecen como ciudades clave en su mapa personal: distintas entre sí, pero unidas por una manera intensa de vivir el rock.

Viajar por música: una tendencia que crece (y lo que ellos recomiendan para animarse)

Los viajes musicales son mucho más que turismo: son una forma de conectar con la historia, con otros fans y con uno mismo. 

Para María, la clave está en entregarse a la experiencia. Sostiene que la clave en este tipo de recorridos es disfrutar el momento y recomienda mimetizarse con el ambiente. Sugiere investigar sobre la historia del lugar para empaparse del arte musical local. Camila, en cambio, pone el foco en la transformación personal que producen estos viajes. Para ella, animarse a viajar por la música es una manera de impulsarse, salir de la rutina y darse un gusto que queda para siempre.

Sobre esta tendencia que sigue creciendo, Hernán sostiene que tiene que ver con la sensación de felicidad que genera ver a tu banda favorita. “Creo que hoy en día es todo tan efímero que intentamos vivir y disfrutar el ahora sin importar tanto lo que pueda pasar mañana. Y en ese afán de disfrutar el momento con las cosas que nos hacen felices – la combinación de viajar y la música – se vuelve una excusa perfecta en que invertir el tiempo y la plata que tenemos”, asegura.

Para Joel, los viajes musicales son directamente un “plan perfecto”. Considera que muchas bandas tardan demasiado en llegar al país y que mucha gente no conecta con los planes turísticos tradicionales. “La verdad que, haciendo números, una entrada a un show está más barata que entrar a la Sagrada Familia… y encima te queda plata para la birra”, resume.

Desde otra mirada, Vicky entiende los viajes musicales como una forma de pertenencia. No se trata sólo de ver bandas sino de habitar escenas, conectar con personas y dejarse transformar por la energía de cada ciudad. «Es una forma de vida», dice, y resume su forma de viajar en una canción: Free Bird de Lynyrd Skynyrd, un símbolo de libertad, movimiento y de empezar de nuevo lejos de casa, pero con la música como ancla.

Para Nahuel, el auge de los viajes musicales también tiene que ver con una relación particular que su generación construyó con la música. Escuchar discos completos, compartirlos, buscar información, ir a disquerías y descubrir bandas por fuera de los algoritmos creó un vínculo más profundo. Viajar para ver música en vivo no es sólo una cuestión económica o una alternativa al turismo tradicional: es una decisión consciente de invertir tiempo y energía en aquello que genera felicidad. “Hay algo más ahí: no es sólo hasta dónde nos da, es elegir ir a eso que tanto nos gusta”, reflexiona.

Viajar por la música dejó de ser una rareza para convertirse en una forma contemporánea de habitar el mundo. En un contexto marcado por la velocidad, la virtualidad y lo efímero, los viajes musicales crecen como una elección consciente: invertir tiempo, dinero y deseo en experiencias que generan emoción real. No se trata sólo de ver una banda o visitar un lugar icónico, sino de construir memoria, identidad y comunidad a partir de una canción. Estos recorridos no funcionan como un escape, sino como un regreso: al cuerpo, a la emoción, a aquello que nos recuerda quiénes somos y qué nos mueve. Porque cuando la música guía el camino, el viaje deja de ser turístico y se vuelve profundamente personal.

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De lacallevistealamoda

Soy una hija más de los '90 que quiere pasar por este mundo y dejar su huella...

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