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MÚSICA Y FESTIVALES MODA

Vestirse sin pedir permiso: qué pasa con la moda en los festivales

Por Florencia González.-

Días antes de que llegue la edición 2026 de Lollapalooza Argentina, mientras tomaba una de esas duchas calientes y necesarias en las que pensás de todo un poco, se me vino a la cabeza una pregunta que quizás pasamos por alto, o que no siempre sabemos poner en palabras. Tal vez aparezca en las elecciones, pero no es algo que suelo leer en posteos de Instagram o mientras scrolleo en TikTok.

¿Qué es lo que más te divierte de vestirte para ir a un festival? Le pegué un grito a mi novio y vino al baño lleno de vapor. Anotó mi pregunta en un mensajito y me la envió por WhatsApp.

Entre el caos del viaje, organizar horarios, dejar la casa lista, alguna comprita de snacks o gaseosa y los outfits enumerados y guardados en su respectiva bolsita para entrar bien acomodados en la valija, pensaba qué responderían a esa pregunta en el festival. 

Llegó el fin de semana tan esperado, el viaje en colectivo, el make-up y cambio de outfit en una estación de servicio y ya con mi pulsera en la muñeca – y la cartera con micrófono, anotador, lapicera, mentitas, cargador portátil, encendedor y cigarrillos – nos dispusimos a sumergirnos en una atmósfera en la que parece que entras en otra dimensión: una especie de parque de diversiones donde lo cotidiano queda suspendido. 

Caminé sintiendo el mullido pasto verde y empecé a divisar a la gente. El color rosa predominaba. Había sombreros de vaquero, mucho encaje, botas y borcegos, abanicos, pelucas fucsias. Una mezcla de estilos que podría leerse como archivo cultural de esta generación.

Las chicas caminaban con sus bandanas en la cabeza y sus tops ajustados, las faldas eran muy cortas, muchas de ellas con encaje. Las bermudas me dejaron clarísimo que fueron la prenda del verano y seguro lo seguirán siendo en la siguiente temporada. El frío que podría llegar a la noche parecía no importar en esos outfits. 

Creo que no habían pasado ni siquiera 15 minutos desde que pise el suelo del Hipódromo de San Isidro que noté una remera blanca con un mensaje que se repetía bastante: “Hating pop music doesn’t make you deep”  (odiar la música pop no te hace profundo). Esa frase tiene mucha carga. Es un manifiesto que se hizo eco en muchas personas que decidieron gritarlo a través de una prenda. Quizás el análisis puntual respecto a la música pop y la industria pueda quedar para otra nota, pero lo que es cierto es que este Lollapalooza estuvo repleto de mujeres en su line-up, divas pop, que demostraron que se puede serlo de distintas maneras: minimalista, hiper-femenina, performativa, pero sobre todo, LIBRE

Con mi compañero de staff, Pedro, estábamos decididos a encontrar respuestas a la pregunta que se me vino a la cabeza en la ducha y retumbó en mí toda la semana. Fueron tres días de coolhunting: cientos de fotos y videos a esos looks que nos llamaban la atención, que decían algo. Con la batería del Iphone fundida (cable de por medio para el power bank) emprendimos el camino de buscar a personas que quieran contar su historia: su forma de ver y vivir la moda en un festival. 

Seis personas – de distintas edades y países – nos contaron su visión. En sus relatos aparecían tópicos en los que todos coincidían: el festival como espacio de permiso, la ropa como extensión de la música, la identidad en proceso, la libertad y la exageración. 

En un festival ciertas reglas se suspenden: lo que en la vida cotidiana se percibe como exceso, acá encuentra legitimidad. Estaba haciendo tiempo para ir al escenario Flow a ver el show de Marina – precioso visualmente y no sólo por ella y su body amarillo, con corset negro y tacos aguja – sino por lo colorido de su público: nunca había visto en un recital una multitud tan salpicada de colores llamativos como la del público de la cantante oriunda de Gales.

Mis ojos se posaron en los outfits de Carolina y Sofía: la primera de falda estilo globo, con una blusa de volados en distintos tonos de rosa con faja con hebilla circular. El toque final había sido medias bucaneras de encaje blanco, collar de perlas y sombra azul en sus ojos. Había algo en ese look que gritaba intensidad y elección personal. Por su parte, Sofi lucía una bermuda de estampado militar, zapatillas Adidas rojas, musculosa y vincha también rojas y detalles en amarillo: el pañuelo que colgaba de su cadera y el top abajo de la musculosa. Concluyó el look con bolso verde militar y lentes de sol. Los colores y superposiciones de Sofi condensaban algo muy propio del espíritu festivalero: comodidad y autenticidad. 

Caro me contó que aprovecha el festival para ser más libre. En ese espacio siente que puede exagerar todo, algo que no suele hacer en la calle porque le da vergüenza. El “qué dirán” sigue operando en la vida cotidiana, y eso limita muchas de estas expresiones. Que haya lugares como Lollapalooza para hacerlo se celebra. Sofi vió la oportunidad de sacarle el polvo a esas prendas que nos quedan guardadas en el placard porque son “extravagantes” y la mirada ajena muchas veces las juzga. También resaltó la importancia de investigar la estética de tu artista favorito para homenajearlo haciendo una reinterpretación de su estilo. Eso es algo que me fascina. A lo largo de la historia del siglo XX, la música dialogó constantemente con la moda: las subculturas – guiadas por sus artistas preferidos – se apropiaron de prendas y revalorizaron significados, logrando darle voz a la juventud.  

Se hizo de noche en el segundo día del festival. Habíamos disfrutado de un hermoso atardecer dorado que nos regaló un poco de calor en un día que particularmente estuvo nublado y me obligó a ponerme la campera de cuero color marrón gastado que me regaló mi papá. Con Pedro estábamos sentados en el pasto, descansando las piernas del trajín del día – ir y venir de un escenario al otro tratando de ver a todos los artistas que habíamos agregado a nuestro personalizado line-up -. Faltaban minutos para que saliera a escena la personalidad sensual y provocadora de Addison Rae que se destacó por sus bailes cargados de performance, emoción y destreza. A Pedro le llamó la atención el outfit de Kiki, una joven de 23 años oriunda de Buenos Aires. Le dimos “on” al micrófono y salió tras ella a hacerle una entrevista. Unos metros más atrás estaba viendo cómo se re-copó a responder las preguntas que yo había estado pensando en mi escritorio una semana atrás. 

“Siento que es un lugar donde voy a poder ponerme lo que yo quiera y no va a haber miradas sobre mi”, le dijo Kiki a Pedro respondiendo a la pregunta de qué es lo que más la divierte de vestirse para ir a un festival. Ella llevaba un top de cuadros vichy – un patrón de algodón atemporal originario de Francia – en blanco y rosita. La prenda incluía volados. También tenía una falda muy preciosa que acompañó con zapatillas y cabello suelto. Kiki destacó que en ese lugar la gente puede ponerse lo que quiera “porque cada uno está en la suya”. Su outfit estilo “Lolita” (una moda callejera japonesa nacida entre los ‘80 y ‘90) le permitió sentirse libre. A ella siempre le gustó ese estilo pero tenía miedo de salir así vestida y que se burlen. Con 23 años, dejó de lado esas críticas que jamás suman, y empezó a comprarse la ropa que ella quiere usar: “si a alguien no le gusta que no me mire y listo”, sentenció. También contó que ese día estaba muy emocionada por ver a Marina, Chappell Roan y, sobre todo, a Skrillex. Kiki usó su imagen para declarar sus gustos, su entusiasmo y su singularidad. 

Si hay algo de lo que siempre se disfruta en los festivales es la compañia. Ir en grupo y crear comunidad es de las acciones que más marcan la experiencia y quedan en los recuerdos para siempre. En esta sintonía se encontraban Arturo, Alí y Nico, tres amigos que vivían la emoción de compartir la música.

Arturo y Alí son oriundos de Venezuela y tienen 29 y 27 años, respectivamente. Nico, por su parte, cruzó el charco: es de Alemania y tiene 35 años. Los tres coinciden en la libertad que permiten estos espacios. Arturo, con su outfit que destacó por los accesorios que usó – pañuelo rojo, gorra negra y gafas de sol –  hizo hincapié en la conexión que se tiene con el artista al que vas a ver. Cree que con nuestros looks podemos reflejar nuestra personalidad y también la de las estrellas que se suben al escenario. 

El look total-pink de Alí (acompañado por collares largos y llamativos) reflejaba la estética pop que predominó los tres días de esta edición 2026 del Lolla. Contó que le gusta mucho vestirse para ir a un festival porque le parece un momento interesante ya que nos arreglamos de manera distinta a como solemos salir a la calle: destacó la comodidad y la full-expression. “Me parece genial eso, que la gente pueda expresarse así en lugares como estos”. 

Nico también destacó algo clave que se repite en los distintos relatos: la libertad. Su remera mangas largas negra y transparente con pinceladas de brillos y los colgantes que abrazaban su cuello junto a las gafas de sol negras, reflejaban un estilo pop quizás más oscuro pero igual de lúdico que los anteriores. Él sostiene que la libertad nos permite expresarnos a través de la moda de una manera más individual y que eso es algo especial que sólo pasa en festivales como Lollapalooza. 

Entre canciones y gente saltando me quedó una certeza: hay una necesidad urgente de libertad que en estos tiempos – muchas veces – sentimos que nos la quieren arrebatar. Noté en cada uno de los looks de la gente un grito eufórico de protesta: la urgencia de ser nosotros mismos, y no sólo en un festival, sino en todo contexto. La moda se evidenció en cada prenda y accesorio que comunicó y tradujo las emociones colectivas. Con el corazón lleno de alegría – porque disfruto demasiado estar entre la música y la gente – el último día me quedé hasta que terminó el festival escuchando a Kygo, saltando y abrazando a Pedro. Agotada, después de un día de sol muy fuerte pero con un atardecer de película que disfruté ver desde la hamaca que había en el beer garden de Corona, me subí al colectivo que me traería de regreso a Córdoba Capital. La rutina volvía a apropiarse de mi: el outfit cuidado para ir a hacer las compras o subirse al colectivo, también. Mi cabeza se quedó celebrando y viendo mil veces las fotos de los outfits en el Lollapalooza, incluídos los míos – de los cuales uno me emocionó mucho porque lo hice junto a mi mamá – pero me quedó un interrogante que me preocupa. ¿Por qué en 2026, en un mundo donde parece haber tantos canales por los que expresarse, la gente necesita tanto sentirse libre? Lo que sí es evidente es el entusiasmo – casi eufórico – que genera vestirse para un festival. Y eso emociona.  

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