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El Diablo Viste a la Moda 2: estilo, poder y narrativa en una industria que cambió

Entre nostalgia, nuevas reglas y una industria en transformación, la esperada secuela vuelve a poner en escena el vínculo entre moda y poder. La vimos en la gala organizada en Córdoba y analizamos qué dice —y qué no— sobre el presente. 

El regreso de The Devil Wears Prada es la reaparición de un símbolo cultural que, hace casi dos décadas, definió la relación entre moda, poder y medios. Pero el contexto en el que vuelve ya no es el mismo.

En la ciudad de Córdoba, ese regreso se vivió a través de una gala organizada en el Cine Gran Rex por la Escuela de Diseño Alida Gómez, que convocó a diseñadores, estudiantes y amantes de la moda local. Con alfombra roja, performances y una fuerte impronta celebratoria, el evento funcionó como punto de encuentro para una escena que busca consolidarse y generar espacios propios dentro de la industria.

Dirigida por David Frankel, la película se sitúa en un escenario atravesado por transformaciones profundas: la digitalización, la crisis del periodismo tradicional y una industria que dejó de responder a estructuras verticales. Runway ya no es un templo incuestionable, y esa tensión atraviesa toda la narrativa.

Uno de los ejes más interesantes del film es cómo expone la pérdida de legitimidad de los medios tradicionales frente a los nuevos formatos. En un ecosistema donde influencers, creadores de contenido y plataformas digitales disputan la autoridad, la moda ya no se legitima en una redacción porque el poder simbólico cambió de manos.

A la par, la película se apoya en un recurso inevitable: la nostalgia. Referencias, escenas espejadas y guiños constantes a la primera entrega buscan reconectar con una audiencia que creció junto a sus personajes. Sin embargo, esa nostalgia, aunque efectiva, también funciona como refugio. La pregunta que sobrevuela es si alcanza para sostener una historia en un contexto que exige nuevas lecturas.

En ese intento de actualización, el film incorpora discusiones contemporáneas: diversidad, inclusión y una industria que busca, al menos desde el discurso, ser más consciente. La figura de Miranda Priestly (Meryl Streep) se tensiona frente a estos cambios, dejando en evidencia que incluso las voces más autoritarias deben reconfigurarse en un escenario donde la moda ya no admite verdades absolutas.

Pero si hay un territorio donde la película sigue construyendo sentido es en el vestuario. A diferencia del impacto inmediato que generaron los looks de la primera entrega, esta vez el trabajo de Molly Rogers propone una lectura más alineada con el presente de la industria.

Lejos de caer en lo estrictamente tendencial, la selección de prendas apuesta por la atemporalidad: piezas de alta costura conviven con hallazgos vintage, prendas de segunda mano y diseños de grandes casas, construyendo estilismos que dialogan con una forma más consciente de consumir moda.

En este sentido, el vestuario también narra un cambio generacional. Si en 2006 el deseo pasaba por acceder a las últimas botas de Chanel, hoy el foco parece estar puesto en la inteligencia del consumo: elegir piezas con historia, resignificar prendas y construir identidad a partir de decisiones más personales que aspiracionales.

Andy (Anne Hathaway), Emily (Emily Blunt) y Nigel (Stanley Tucci) acompañan esta evolución con estilismos que reflejan una moda menos rígida, más funcional y, al mismo tiempo, profundamente estética. La sastrería aparece como uno de los grandes ejes, pero reinterpretada desde la comodidad; las corbatas se consolidan como un statement contemporáneo; y la superposición de prendas se vuelve clave para construir looks con identidad.

Incluso algunos guiños —como el regreso del estampado de diario — funcionan como puentes entre pasado y presente, reactivando códigos que marcaron una época, pero reinterpretados desde una mirada actual.

Así, el vestuario deja de ser solo un elemento visual para convertirse en discurso: habla de sustentabilidad, de memoria, de evolución y, sobre todo, de una industria más democratizada,

A veinte años de su primera aparición, El Diablo Viste a la Moda 2 intenta adaptarse a un escenario completamente distinto. Y en ese intento, deja en evidencia algo más profundo: el verdadero desafío es entender que Runway ya no dicta las reglas, sino que forma parte de una conversación mucho más amplia donde la moda ya no pertenece a una élite, sino a una multiplicidad de voces que la redefinen constantemente. 

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