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Na Cidade do Rock: postales, choques culturales y detalles del gigante carioca

Un recorrido en primera persona por la arquitectura, la logística, el dress code y la mística de Rock in Rio desde la mirada de un melómano habituado a las coberturas de Lollapalooza y Cosquín Rock.

Por Nahuel Nieto

Para quienes tenemos muchos festivales encima, llegar por primera vez a uno nuevo genera esa tensión inevitable entre lo conocido y lo por descubrir. Antes de cruzar el ingreso, uno ya intenta imaginarse con qué se va a encontrar. Ahí entra en juego la personalidad de cada quien: en mi caso, el motor principal siempre es la música. Ni bien se publican los horarios, arranca el ritual de tomar esas decisiones difíciles cuando dos bandas queridas se superponen. Pero en ese mapa de horarios también planifico los momentos para recorrer el predio sin apuros y dejarme sorprender. Porque un festival no es solo ir a ver a tu banda favorita: es habitar un espacio y dejarse llevar por la experiencia.

Cualquier fanático de la música en vivo tiene a Rock in Rio en el radar. Es un festival legendario en activo desde 1985 (¡seis años antes del nacimiento de Lollapalooza!). Grandes nombres internacionales y locales convocados por afinidad de géneros musicales, escenarios imponentes con identidad propia y un despliegue de marcas gigante son algunas de las ideas previas con las que uno viaja.

Lo primero a destacar es la articulación entre la organización del festival y la infraestructura de Río de Janeiro. La logística para llegar y volver está resuelta con enorme precisión: se puede comprar de manera anticipada el boleto de ida y vuelta para el BRT (el sistema de carriles exclusivos de autobuses), conectando directamente con la última estación de subte en la zona sur. Además, el metro funciona de forma excepcional durante toda la madrugada, permitiendo el ingreso desde la estación del BRT y el descenso en cualquier estación de la ciudad. A esto se le suma la App oficial, que no solo permite armar tu agenda, sino también comprar comida y bebida por adelantado para ahorrar tiempo.

Al ingresar por la puerta del BRT, la primera postal es el icónico logotipo gigante del festival, repleto de gente registrando el momento para Instagram y TikTok. Una vez pisas el predio la aplicación también te permite reservar turno para el parque de diversiones interno, que en esta edición 2026 incluyó una Rueda Gigante, Montaña Rusa, Discovery, caída libre en el Mega Drop y una Tirolesa que cruza por encima del público. Poder subirte a los juegos (e incluso repetir si hay cupo) fue apenas la primera de las sorpresas del predio.

Escenarios como ciudades dentro del territorio

Si algo distingue a Rock in Rio es el contraste entre la geografía carioca —con sus morros verdes desbordados de vegetación— y la arquitectura futurista del festival. El predio se recorre en forma de espiral. Desde el cartel de bienvenida hay que caminar unos cuantos minutos hasta llegar a la gran fuente central para encontrarse, de fondo, con el Palco Sunset: el segundo escenario en jerarquía, diseñado con una superestructura irregular de polígonos triangulares grises.

Más adelante se despliega el inmenso Palco Mundo, el escenario principal, equipado con una pantalla de 2.400 metros cuadrados de paneles LED de alta definición. La escala es aplastante: cuando una banda toca ahí, la pantalla abarca la totalidad del campo visual del espectador.

A medida que avanzás por el espiral aparecen los escenarios con más carácter conceptual. El Palco Global Village rinde tributo a la diversidad arquitectónica del planeta con una mezcla de estilos culturales que van desde América Latina y África hasta Asia, acompañados por espectáculos de danzas temáticas. Luego se ubica el escenario Supernova, con una estética de engranajes oxidados en movimiento orientada al trap, rap y rock alternativo. Finalmente, el circuito se completa con el Palco New Dance Order —una estructura en forma de «M» que juega con las perspectivas para la música electrónica— y el Espaço Favela, que recrea la arquitectura colorida de las comunidades cariocas para dar escenario al funk brasilero, la MPB, el samba y el pagode. Lo fascinante es que los locales gastronómicos que rodean a estos escenarios adaptan su fachada a la misma estética arquitectónica.

El despliegue sensorial no se detiene en los escenarios. Antes del primer show en el Palco Mundo, una cuadrilla de aviones realiza piruetas en el aire invitando a la multitud a mirar al cielo, cruzando el horizonte por detrás del escenario principal. Ya de noche, el show de fuegos artificiales cobra una dimensión especial al enmarcarse en medio de esa escenografía tropical y multitudinaria.

La libertad del pogo y la paradoja del dress code

Para quienes disfrutamos de tomar una cerveza fría viendo a nuestra banda preferida, las restricciones de festivales como Lollapalooza Argentina —donde el consumo de alcohol queda confinado a un sector cerrado y alejado de los escenarios— suelen ser un punto en contra. En Rock in Rio esa barrera no existe. Hay puestos de autoatención por todo el predio y vendedores ambulantes que caminan entre el público llevando mochilas con canilla para tirarte el chopp directo en el campo, incluso en medio del pogo.

En cuanto al dress code, la curaduría del festival agrupa estilos similares por jornada, lo que genera tribus urbanas muy marcadas según el día. En la jornada inaugural predominó la estética rockera clásica para recibir a Foo Fighters, The Hives y Capital Inicial: remeras negras de bandas, medias de red, cinturones con tachas y acentos en color rojo.

El último día, en cambio, ofreció un fenómeno visual digno del concepto Barbenheimer. Por un lado, el universo rosa, blanco, brillos y lentejuelas del público pop de Zara Larsson, Halsey e Ivete Sangalo; por el otro, la mística oscura del fandom de Twenty One Pilots, con prendas en negro, rojo y amarillo, cintas adhesivas en la ropa y maquillaje oscuro en manos y cuello. Sin embargo, el 13 de septiembre la naturaleza dictó su propio código de vestimenta: una lluvia torrencial ininterrumpida desde las cinco de la tarde terminó unificando a miles de personas bajo pilotos de lluvia negros, transparentes y de colores.

A diferencia del espíritu ecléctico de Lollapalooza —donde en un mismo día podés cruzarte a La Mona Jiménez, Kendrick Lamar y Caetano Veloso promoviendo el descubrimiento casual—, los escenarios principales de Rock in Rio están curados para afianzar nichos consolidados. El descubrimiento queda reservado para los escenarios alternativos y las propuestas de la escena local.

Como melómano, es fascinante comprobar cómo cada festival construye comunidad a partir del territorio que ocupa. Si el Cosquín Rock cimenta su mística serrana entre el polvo, el río y la tradición del rock nacional en la montaña, y Lollapalooza Argentina transforma el pasto plano del Hipódromo de San Isidro en una pasarela urbana y cosmopolita, Rock in Rio hace lo propio desde la monumentalidad carioca. Es la exuberancia del paisaje tropical dialogando con una infraestructura gigantesca. En esa intersección entre la lluvia, la arquitectura de los escenarios y la energía colectiva de la gente es donde Rock in Rio deja de ser simplemente un evento masivo para convertirse en memoria afectiva compartida.

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