Durante tres temporadas, Euphoria habló de adicción, deseo, sexo, violencia y autodestrucción. Sin embargo, en su temporada final parece obsesionarse con otra pregunta: ¿qué pasa con nuestra alma cuando hacemos ciertas cosas?

La serie está atravesada por símbolos religiosos. A veces aparecen referencias directas al cristianismo; otras veces hablan de espiritualidad, transformación y redención. Todas parecen apuntar hacia el mismo lugar: la posibilidad de cambiar.
Todos los personajes están perdiendo una batalla producto de sus propias tentaciones. Lo interesante es que reconocen el abismo y, aun así, caminan hacia él. En ese sentido, la estructura de la temporada parece funcionar como un relato espiritual: nacimiento, caída y trascendencia.

No parece casual que Rue, cuyo nombre en inglés significa «arrepentimiento» o «remordimiento», construya toda su historia alrededor de esa idea. La protagonista intenta dejar atrás sus errores mientras carga con la culpa de todo aquello que destruyó durante años.
Pero Rue no es la única. Cassie quiere escapar de sus decisiones. Nate intenta dejar atrás la violencia. Cada uno, a su manera, busca una forma de ser perdonado.
Sin embargo, Euphoria diferencia dos conceptos que muchas veces confundimos: la redención y la reparación. Los personajes desean ser absueltos, pero la serie plantea una pregunta incómoda: ¿el perdón se merece o simplemente se recibe? Y, sobre todo, ¿es posible encontrar redención sin hacerse cargo de aquello que hicimos?

Quizás ahí aparezca una de las lecturas más contemporáneas de la serie. Vivimos en una cultura donde todo sucede rápido: el consumo, las relaciones, la exposición y hasta el arrepentimiento. Queremos sanar rápido, ser perdonados rápido y seguir adelante rápido. Levinson, en cambio, parece sugerir que el verdadero cambio nunca puede acelerarse.
Esa idea también aparece en la construcción visual. La pantalla está llena de referencias religiosas: la zarza ardiente, figuras maternales, imágenes de vírgenes y santos, cuerpos que recuerdan a la crucifixión. Pero ninguna de esas escenas funciona como una respuesta definitiva. Son preguntas visuales que acompañan el recorrido de los personajes.

Uno de los ejemplos más claros aparece cuando Maddy utiliza el vestido con la imagen de la Virgen de Guadalupe. En ese momento deja de ocupar el lugar de víctima para convertirse en una figura protectora. Mientras tanto, Cassie aparece completamente destruida, buscando desesperadamente una forma de absolución.
En una televisión donde gran parte de las series hablan sobre identidad, representación o trauma, Euphoria toma un camino inesperado: vuelve a poner sobre la mesa una palabra que parecía haber desaparecido de la ficción contemporánea, la fe.

Lejos de responder si sus personajes serán castigados o salvados, Sam Levinson deja abierta una pregunta mucho más profunda. Una pregunta que trasciende la religión y termina interpelando al espectador: ¿quiénes queremos ser cuando dejemos esta tierra?

La temporada comienza con un nacimiento y termina con la posibilidad de una trascendencia y eso nos demuestra que, después de todo, Euphoria nunca habló solamente de drogas, sexo o excesos sino que también habló de la difícil posibilidad de volver a empezar.
Rue es el ternero.






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